—Todos tenemos nuestra primavera, señorita.

—Susana—proseguí yo, aprovechando aquella repentina blandura para llegar más rápidamente a mi objeto,—tengo ganas de hacerte una pregunta...

—¿Cuál es tu opinión sobre los hombres... y las mujeres?—añadí pensando que era un rasgo de ingenio el extender mis estudios sobre ambos sexos.

Apoyose Susana sobre su escoba, tomó su aspecto más avinagrado y me respondió con una convicción contundente:

—Señorita, las mujeres no valen mucho; pero los hombres no valen nada.

—¡Oh!—protesté yo, ¿estás segura de ello?

—Tan cierto, como que os lo digo, señorita.

Y aplicó un escobazo a los restos de legumbres que se hallaban por tierra, y los hizo desaparecer con tanta destreza, como si hubieran representado a los bípedos, blanco de su antipatía.

Retíreme a mi cuarto a meditar el misantrópico axioma enunciado por Susana, bastante desalentada, pensando que yo no valía gran cosa, y que a mis desconocidos amigos, los hombres, se les daba el humillante valor del cero.