V.
Sin embargo, mis estudios me parecieron insuficientes y decidí continuarlos con ayuda de las novelas de la biblioteca.
Un lunes, día de feria, mi tía, el cura y Susana tuvieron que ir a C*** Mi tía decidió, como siempre, que yo quedara al cuidado de Petrilla, y fue esta vez la primera, que en mi vida, me encantó tal decisión. Estaba más que segura de mi libertad de acción, puesto que Petrilla se ocupaba más de la vaca lechera que de mis inspiraciones. Para estas excursiones traía el quintero al patio, a las ocho de la mañana, una especie de carromato, que en el lugar llamaban maringola. Aparecía mi tía de tiros largos, con la cabeza cubierta por un sombrero redondo, de fieltro negro, al que había adicionado un barbiquejo de un color violeta desvaído. Plantábaselo audazmente en la punta del rodete. Hiciera calor o frío, arropábase con pieles, pues había adoptado desde su casamiento la idea de que una señora de distinción no debía ponerse en camino sin llevar sobre sí el cuero de algún animal.
Creía firmemente que, vestida de ese modo, quedaban borradas las máculas de su origen.
Sentábase en el fondo del carricoche, en una silla sobre la que se ponía un almohadón, a fin de que no sufriera esa delicada porción del individuo, cuyo nombre evita toda decente péñola.
Susana, que estaba encargada de dirigir el caballo que se manejaba solo, colocábase hacia la derecha en el banco de adelante y el cura subía a su lado.
Y ya así, simultáneamente, volvíanse hacia mí.
—¡No hagas travesuras—decía mi tía,—y cuidadito con ir a la huerta!
—¡No me revuelva la cocina!—gritaba Susana,—y para almorzar, conténtese con la ternera fiambre.
El cura no decía ni palabra, pero me sonreía con cariño y hacía un gesto que quería decir: