—Lo que es por mi, de buena gana te llevaría; pero ella no ha querido.
Este memorable lunes, sucedió lo mismo de siempre. Di algunos pasos sobre la carretera y pronto les vi desaparecer, zarandeados como árganas.
Sin perder un segundo puse en ejecución mi proyecto, desde tiempo atrás maduro. Tratábase de tomar posesión de la biblioteca, cuya llave ocurriósele confiscar malhadadamente al cura; pero no era niña yo para desalentarme por tan poco.
Corrí a buscar una escalera, que arrastré hasta la ventana de la biblioteca, y con esfuerzos sobrehumanos conseguí levantarla y apoyarla sólidamente contra la pared. Trepé con agilidad por los escalones, rompí un cristal con una piedra, que llevaba en la mano, y quitando luego los pedazos de vidrios que quedaban aún en el marco, pasé por la abertura aquella la parte superior de mi cuerpo y me dejé resbalar hacia adentro.
Caí de cabeza sobre el piso, me hice un enorme chichón en la frente y al otro día me trajo el cura un ungüento para disolverlo.
Así que me levanté y desperté del aturdimiento en que el golpe me había sumido, fue mi primer cuidado, urgar en los cajones de una vieja escribanía, en busca de una llave igual a la que había hecho desaparecer el cura. Mis pesquisas no duraron mucho; después de dos o tres infructuosas experiencias di con lo que buscaba.
Después de haber suprimido tanto como me fue posible, los indicios de la fractura de la ventana, me instalé en un sillón, y mientras reposaba de mis fatigas hirieron mi vista las obras de Walter Scott, colocadas en frente de mí. Tomé al azar una de ellas, y me retiré, llevando a mi cuarto, como si hubiera sido un tesoro, La linda joven de Perth.
En mi vida había leído una novela, y caí en un éxtasis, en un arrobamiento de que no podría dar idea. Aunque viviese novecientos sesenta y nueve años como el buen Matusalém, no olvidaría jamás la impresión que me hizo la lectura de La linda joven de Perth.
Experimentaba la misma alegría, que debe sentir un prisionero a quien se saca del calabozo y se transporta entre árboles, flores y sol; o más bien el júbilo de un músico que oye ejecutar por primera vez y de un modo ideal la obra de su corazón y de su mente.
El mundo que me era desconocido, y que con tanta inconsciencia anhelaba conocer, se me revelaba de pronto. Tan repentinamente entró la luz en mi inteligencia, que creía haber sido hasta entonces estúpida e idiota. Me entusiasmé, me embriagué con aquella novela repleta de color, de vida y de movimiento.