Cuando bajé por la noche al comedor, donde el cura, que comía con nosotros, me esperaba con impaciencia, bajé soñando.
Mirome él con profunda lástima, y me preguntó con el mayor interés, cómo me había pasado aquel accidente.
—¿Accidente?—exclamé sorprendida.
—Tienes la frente amoratada, mi pequeña Reina.
—La tonta habrá subido a algún árbol o a alguna escalera—observó mi tía.
—Sí, a una escalera—respondí,—es verdad.
—¡Pobrecita!—exclamó el cura desolado,—y ¿caíste de boca?
Yo hice una inclinación afirmativa.
—¿Y te has puesto árnica, hijita?
—¡Bah, no vale la pena!—prosiguió mi tía;—comed vuestra sopa, señor cura, y no os ocupéis de esa atolondrada; bien merecido le está.