El cura no dijo, pues, nada, me hizo una seña amistosa y me examinó furtivamente.
Mas yo no prestaba mayor atención a lo que sucedía en torno mío. Pensaba en la encantadora Catalina Glover, en el noble Enrique Smith, de quien me había enamorado, provisionalmente, y hete aquí, que sin el menor preámbulo estallé en sollozos.
—¡Dios mío!—exclamó el cura levantándose rápidamente.—¡Querida Reinita, mi buena hijita!
—No le hagáis caso está enojada porque no la hemos llevado a C***.
Pero el cura, que sabía que yo odiaba el llanto y que era bastante orgullosa como para demostrar delante de mi tía una pena causada por ella, se me acercó, me preguntó en secreto por qué lloraba y se esforzó en consolarme.
—No es nada, mi bueno y querido cura—díjele yo enjugando mis lágrimas y echándome a reír.—Tengo horror del dolor físico, me duele la cabeza y luego, debo estar horrorosa.
—Como de costumbre—dijo mi tía.
El cura me miró con aire preocupado. No estaba contento de mi explicación; pensaba que algo anormal había pasado durante el día. Me aconsejó que me acostara sin pérdida de tiempo; y lo hice con toda diligencia.
Estaba avergonzada de haberlos divertido con mi llanto; tanto más cuanto que yo misma no sabía por qué había llorado. ¿Fue de placer o de fastidio? No hubiera podido decirlo, y me adormecí con la idea de que era inútil tratar de analizarlo.
Durante el mes que siguió, devoré la mayor parte de las obras de Walter Scott. Desde aquel entonces hasta hoy he tenido, ciertamente, alegrías reales y profundas, pero por grandes que hayan sido, no sabría decir si han sobrepujado mucho en intensidad a las que sentí mientras mi inteligencia brotaba de su niebla, como de su crisálida, una mariposa.