Pasaba de arrobamiento a arrobamiento, de éxtasis a éxtasis. Y me olvidaba de todo, para no pensar más que en mis novelas y en los personajes que excitaban mi imaginación.
Cuando el cura me explicaba un problema, pensaba yo en Rebecca a quien había dejado en coloquio con el templario; cuando me daba una lección de historia, veía desfilar ante mis ojos los encantadores héroes, entre los que mi corazón inconstante había elegido ya una quincena de maridos, y cuando me reprendía, no le oía ni la mitad, hallándome ocupada en confeccionar un traje parecido al de Isabel de Inglaterra o al de Amy Robsart.
—¿Qué has estudiado hoy?—preguntábame al llegar.
—Nada.
—¿Cómo nada?
—Me fastidia el estudio—decía yo con tono cansado.
El pobre cura estaba consternado. Preparaba largos discursos y me los espetaba de un tirón, pero producían el mismo efecto que si los hubiera dirigido a un piel roja.
Por último súbitamente me volví triste. Si bien mi tía no me pegaba, desquitábase en cambio diciéndome cosas chocantes.
Había adivinado que me dolía ser tan pequeña y no perdía ocasión de herir ese punto vulnerable; me llamaba fenómeno y me repetía que era fea.
Poco tiempo antes, hallábame yo misma muy linda y tenía mucho más confianza en mi opinión, que en la de mi tía. Pero trabando relación con las heroínas de Walter Scott, surgió en mi espíritu la duda. Eran tan lindas, que yo me desolaba pensando que era necesario parecérseles para ser amada.