El cura perdía poco a poco su sonrisa y su color. Observábame con desconsuelo, y pasaba el tiempo en sorber narigadas de rapé, con olvido de todas las reglas del arte, y en tratar de adivinar mi secreto, para lo que empleaba maquiavélicos medios; pero yo era impenetrable.
Vile un día dirigirse hacia la biblioteca, pero buen cuidado tenía yo de no dejar la llave en la cerradura; volvió sobre sus pasos moviendo la cabeza y pasándose las manos entre el cabello que, más alborotado que nunca, producía el efecto de un penacho.
Yo me había escondido tras una puerta y le oí murmurar cuando pasó cerca de mi:
—Volveré con la llave.
Esta decisión me contrarió profundamente. Con seguridad iba a descubrir mi secreto, y no iba a poder continuar mis lecturas queridas.
Inmediatamente corrí a buscar otras novelas más, que llevé a mi cuarto y las reemplacé en los estantes con libros tomados al azar; pero a pesar de mis precauciones, tenía, por cierto, que el cuadro de papel con que había substituido al vidrio roto, era un indicio acusador.
Ese día, examinando unas cartas halladas en la escribanía, descubrí el origen de mi tía. Era un arma contra ella, y resolví no tardar en usarla.
Al día siguiente, en el almuerzo, estuvo de muy mal humor. En tal disposición de ánimo, si no hallaba pretexto para provocarme, lo inventaba.
Soñaba yo con el amable Buckingham, que me parecía delicioso con su insolencia, sus hermosos trajes, sus lazos de cintas y su ingenio, y me preguntaba por qué causa se desesperaba Alicia Bridgeworth, de verse en su casa, cuando mi tía me dijo sin preámbulos.
—¡Qué fea está usted hoy, Reina!