Yo salté en la silla.

—Aquí tiene—le dije pasándole el salero.

—No pido la sal, tonta. Se está volviendo tan estúpida como fea.

Es de notar que mi tía no me tuteaba nunca. Desde el día en que fue mujer de mi tío, creyó ponerse a la altura de su situación, suprimiendo el tú de su vocabulario. Trataba de usted hasta a sus conejos.

—No soy de su opinión—le repuse secamente,—me encuentro muy linda.

—¡Qué disparate!—exclamó mi tía.—¡Linda, usted! ¡Un fenómeno del alto de la estufa!

—Es mejor parecerse a una planta delicada que a un hombre malogrado—repliquele.

Pero mi tía creía firmemente que había sido una belleza y no soportaba bromas al respecto.

—He sido linda, señorita; tan linda que a mi y a mi hermana los vecinos nos llamaban unas diosas.

—¿Su hermana se parecía a usted, mi tía?