—Mucho; éramos mellizas.
—¡Qué desgraciado sería su marido!—dije yo con tono convencido.
Mi tía lanzó una imprecación, que no dejaré repetir a mi pluma.
—Al fin y al cabo—proseguí con calma,—usted tiene naturalmente el gusto de una mujer del pueblo, mientras que yo, yo...
Pero quedé boquiabierta a mitad de la frase; mi tía acababa de romper un plato con el mango de su cuchillo. Lo que yo había dicho, inutilizaba todos sus esfuerzos para ocultarme su origen, y me vengaba completamente de toda su maldad para conmigo.
—¡Es usted una serpiente!—exclamó con voz estrangulada.
—No lo creo, mi tía.
—¡Una serpiente!
—Ya lo ha dicho,—respondí tranquilamente.
—¡Una serpiente cobijada en mi seno!—repitió mi tía, que estaba demasiado colérica para hacer gastos de imaginación.