Moví la cabeza, y pensé que a ser yo serpiente, seguramente rehusaría hallarme en semejante situación.
—Permitidme—proseguí,—he estudiado ese animal en mi historia natural, y nunca he visto que tuviese la costumbre de cobijarse en el seno de nadie.
Mi tía, que se desconcertaba siempre que hacía yo alusión a mis lecturas, no contestó nada, pero la expresión de su fisonomía, me pareció tan poco tranquilizadora que me esquivé cantando a desgañitarme:
—¡Érase que se era, un tío de Pavol, de Pavol, de Pavol!
Nos hallábamos a mediados de Junio. Las mariposas volaban por todas partes, las moscas zumbaban, el aire estaba impregnado de mil perfumes; en una palabra, el día me pareció tan espléndido que olvidé mi prudencia ordinaria. Tomé mi libro y fui a instalarme en un prado a la sombra de una parva de heno.
Se me oprimía el corazón pensando en las palabras de mi tía. La verdad es que era desolador el ser tan pequeñita, tan pequeñita. ¿Quién podría amarme así? Pero me consolaba leyendo Peveril del Pic. Era esta una de mis novelas preferidas, entre las de Walter Scott, precisamente a causa de Fenella, cuya altura era a buen seguro, más exigua que la mía.
Yo amaba, idolatraba a Buckingham. Me encolerizaba con Fenella, porque le decía cosas verdaderamente muy duras, y en el momento en que se escapa por la ventana, detuve mi lectura para exclamar.
—¡Ah, tontuela, un hombre tan delicioso!
Al pronunciar estas palabras levanté los ojos, y lancé un gran grito al ver al cura de pie, delante de mí.
Estaba cruzado de brazos y me miraba estupefacto. Parecía tan consternado como ese personaje de los cuentos de hadas, que ve sus diamantes trocados en avellanas.