Me levanté algo avergonzada, pues le había engañado abominablemente.
—¡Oh, Reina!...—comenzó.
—Mi querido cura—exclamé yo estrechando a Peveril del Pic contra mi corazón,—¡dejadme continuar, os lo ruego, os lo suplico!
—Reina, mi Reinita, nunca hubiera creído eso en ti.
Esta dulzura me enterneció, tanto más que no tenía la conciencia muy limpia, mas con una táctica eminentemente femenina me apresuré a cambiar de asunto.
—Era una distracción, señor cura, soy tan desgraciada.
—¿Desgraciada, Reina?
—¿Creéis que sea divertido tener una tía como la mía? No me pega ya, es cierto, pero me dice cosas que me apenan mucho.
¡Qué bien conocía a mi cura! Ya había olvidado su resentimiento y sus sermones; tanto más cuanto que en mis palabras había un gran fondo de verdad.
—¿Y es por eso, que estás tan triste, hijita?