—Sí, por cierto, señor cura. Figuraos que mi tía me repite en todos los tonos que soy un fenómeno, que soy fea como un susto.
Y mis ojos se llenaron de lágrimas, como que el tal tema me dolía en el alma.
El buen cura muy emocionado, restregose la nariz, con aire perplejo. Muy distante estaba de participar de las ideas de mi tía a ese respecto y miraba el modo que podría emplear para disipar mi tristeza, sin despertar en mi alma ni el orgullo, ni la vanidad, ni ningún elemento de pecado.
—Vamos, Reina; es preciso no apegarse mucho a cosas que pronto se desvanecen.
—Entretanto, esas cosas existen—repliqué, coincidiendo, en el pensamiento, a dos siglos de distancia, con la más linda mujer de Francia.
—Por otra parte encontrarás personas que no pensarán como la señora de Lavalle.
—¿Es usted de esas personas señor cura? ¿Me encuentra usted bonita?
—Pero... sí—respondió el cura, con aire lastimoso.
—¿Muy bonita?
—Pero... sí—respondió en el mismo tono el cura.