—¡Ah, qué contenta estoy!—exclamé saltando.—¡Cómo os quiero, señor cura!

—Todo esto está muy bien, Reina; pero has cometido una grave falta. Te has introducido en la biblioteca con riesgo de desnucarte, y has leído libros, que probablemente yo no te hubiera dado nunca.

—¡Walter Scott, señor cura; son de Walter Scott! Mi literatura habla muy bien de él.

Y le conté todas las impresiones. Hablé con volubilidad y mucho tiempo, radiante de ver que no solamente se olvidaba el cura de reñirme, sino que escuchaba con interés lo que le refería.

En vista de mi entusiasmo y mi alegría, reaparecidos como por encanto, le volvieron también súbitamente los colores y el aire risueño.

—Bien—me dijo,—te permito leer a Walter Scott; sin embargo, yo mismo lo reeleré para hablar de ello contigo, pero prométeme no volver a hacer más travesuras.

Se lo prometí de todo corazón, y desde entonces tuvimos nuevo asunto para discusiones y porfías, porque naturalmente, nunca fuimos de la misma opinión.

Con todo, pronto el interés que me inspiraban mis novelas, fue desvanecido por un acontecimiento sorprendente, inaudito, que acaeció en el Zarzal, algunas semanas después. Uno de esos acontecimientos que no conmueven las bases de los imperios, pero que siembran perturbaciones en el corazón o en la imaginación de las jóvenes.


VI.