Ambos mirábamos el fuego como dos buenos hechiceros que intentaran leer el secreto del porvenir en las llamas y carbones encendidos.

Mas, llamas y carbones permanecían mudos y yo lloraba silenciosamente, cuando el cura prosiguió semisonriendo.

—Sin embargo, no se parece a Francisco I, ni a Buckingham.

-¡Ah! señor cura—repliqué rápidamente,—si Francisco I y Buckingham estuvieran aquí, no se harían rogar mucho para amarme, y yo estaría contentísima.

¡Hum! El cura halló la respuesta desprovista de ortodoxia y susceptible de enojosas interpretaciones, y abandonando inmediatamente tan escabroso tema, me aconsejó resignación.

—Pienso, Reina, que eres muy joven; que esta prueba pasará y que tienes delante de ti una larga vida.

—Sabed, mi cura, que no soy de carácter resignado. Si vivo, no me casaré nunca; mas no viviré: estoy tísica. ¡Escuchad!

Y traté de toser de un modo cavernoso.

—No juegues con tu salud. A Dios gracias, estás muy bien.

—Bueno—dije levantándome,—veo que no queréis creerme. Aprovechemos del buen tiempo y de los últimos momentos de vida que me quedan, para ir al Zarzal, señor cura.