—No sólo no me ama, sino que ama a otra; está enamorado de Blanca y ha pedido su mano.
Le conté lo que había pasado en el Pavol pocos días antes; mis descubrimientos, mi ceguedad y las vacilaciones de Juno. Y coroné esta narración llorando a lágrima viva, como que mi tristeza era real y verdadera.
El cura, que hasta entonces no había podido decidirse a tomar en serio mis penas y mis palabras, ofrecía en aquel instante la imagen viva de la consternación. Aproximó su silla a la mía, me tomó de la mano y se esforzó en hacerme entrar en razón.
—Tu prima vacila; tal vez no se realice el casamiento.
—¿Y que me importaría eso, si la ama? No se puede querer dos veces.
—Sin embargo, sucede.
—¡Oh, no lo creo; sería espantoso! Mi pobre cura, soy muy desgraciada.
—¿Se lo has dicho a tu tío?
—No; pero ha adivinado lo que pasaba por mí. Y de todos modos ¿para qué? No puede obligar a Pablo a quererme y olvidar a su hija. Yo no quisiera que supiese que le amo; preferiría morir.
Un largo silencio sucedió a este arranque de orgullo.