—Estaba seguro de ello—dijo pasándose la mano por la cabellera blanca, que había reconquistado su revuelta actitud de los buenos tiempos,—estaba seguro. Tu imaginación ha hecho de las suyas, Reina.
—No se trata de la imaginación, señor cura, sino del corazón, puesto que amo.
—¡Oh tan joven, tan niña!
—¿Qué tiene que ver eso? Os repito que me muero de amor por el señor de Couprat.
—¡Ah! ¿conque es él?
—¿Qué me tomáis por una veleta, mi cura?
—Pero, Reinita, en vez de morir, sería mejor que te casaras con él.
—Eso sería lógico, querido cura, muy lógico; pero por desgracia, no le gusto.
Esta aserción le pareció tan extraordinaria, que permaneció algunos instante como petrificado.
—¡Eso no es posible!—exclamó y con tal convicción que no pude ahogar la risa.