Adelanté mis piececitos hacia las llamas del hogar y respondí tranquilamente.

—Mi cura, me muero.

Algo impresionado, cerró el cura bruscamente la entreabierta tabaquera, en la que estaba a punto de introducir los dedos.

—No tienes aspecto de eso, hijita.

—¡Cómo! ¿no me veis ojerosa y con mis labios pálidos?

—No, Reina; al contrario, tus labios están rosados y tu rostro denota una floreciente salud. Pero ¿de qué te mueres?

Antes de contestarle, miré en torno mío pensando en que iba a pronunciar una palabra, que jamás había oído pronunciar aquella modesta sala; una palabra tan rara, que probablemente haría caer sobre mi cabeza en un movimiento de sorpresa e indignación al viejo reloj sin máquina que se incrustaba en un rincón, y a las imágenes piadosas de las paredes.

—¿Y bien, Reina?

—Pues bien, señor cura, me muero de... amor.

El reloj, las imágenes y los muebles conservaron su inmovilidad y el mismo cura no dio más que un salto pequeñito.