—Digo... sí, algo, Reina.

—Ah, mi cura, si me confesase ahora ¡cuántos pecadazos tendría de que acusarme! Ya no son, no, los pecadillos de antes, que conocíais tan bien.

Y sin dejar de comer, le describía mis complacencias vanidosas, mis impresiones, mis trajes, mis ideas nuevas. Él reía, tomaba rapé continuamente, con su antiguo aspecto bondadoso, y me contemplaba, por cierto, sin pensar en reñirme.

—¿No voy camino del infierno, señor cura?

—No me parece, mi buena hijita. Son cosas de tu edad. Eres tan joven.

—¿Joven, mi pobre cura? ¡Ah, si pudierais ver el fondo de mi alma! Os he escrito, que no era más que un esqueleto, y es la verdad.

—En todo caso, no lo pareces.

—Ya hablaremos de ello de aquí a un rato, señor cura, y os convenceréis.

Así que sacié mi apetito, levantó la mesa la sirvienta, se encendió un espléndido fuego en el hogar, y nos sentamos, el cura y yo, cada uno a un lado de la chimenea.

—Veamos, pues, Reina, hablemos seriamente. ¿Qué tienes que contarme?