—Vamos, Reina, vamos hijita querida, cálmate un poquito, cálmate—me dijo separándome con dulzura.
—Tenéis razón—respondíle, relegando el pañuelo al fondo de mi bolsillo.—Desde hace tres meses se me predica la tranquilidad y la calma, y no he sabido aprovecharme, como veis, de los consejos. ¡Comamos, señor cura!
Me quité los guantes y la capa y por uno de esos cambios repentinos, desde algún tiempo frecuentes en mi, me eché a reír y me senté a la mesa alegremente.
—Conversaremos cuando hayamos comido, mi querido cura, estoy muerta de hambre.
—Y no tengo casi nada que darte.
—¡Oh! aquí hay judías; ¡a mi me gustan mucho las judías! ¡Y pan casero! ¡Es un banquete!
—Y ¿has venido sola, Reina?
—¡Ah, caramba! es verdad: el ama de llaves ha quedado en el coche, a espaldas de la iglesia. Mandadla buscar, señor cura, y que de paso le digan que recoja mi sombrero que vuela por el jardín.
El buen cura fue a dar sus órdenes y volvió a sentarse enfrente de mí. Mientras que yo comía con excelente apetito, a pesar de mí... tisis y mis penas, él, que ya no se acordaba de comer, me contemplaba con una admiración que trataba de disimular, pero infructuosamente.
—Me halláis linda, ¿no es verdad, señor cura?