Esta ventana era muy baja, pero yo era tan chica, que para mirar hacia adentro de la habitación tuve que subirme a un tronco de árbol que coloqué contra el muro a modo de banco.
Pasé la cabeza con toda precaución por entre medio de la yedra, que formaba espeso marco a la ventana, y descubrí a mi cura.
Estaba en la mesa y comía con aire triste. Sus lozanas mejillas habían perdido parte de su color y redondez, y los abundantes cabellos blancos no estaban revueltos como en otros tiempos, sino que se achataban sobre el cráneo, con indecible desolación.
—¡Ah, mi pobre y bondadoso cura!
Salté del tronco, corrí a la puerta, perdí mi sombrero en la carrera, y me precipité en el comedor, como una bomba.
El cura se levantó sorprendido. Su dulce y amable fisonomía resplandeció de júbilo al apercibirme, y por no romper con las tradiciones de la etiqueta, sino en un ímpetu de ternura y emoción, me arrojé en sus brazos y lloré largo rato sobre su pecho.
Sé que no hay nada más impropio en el mundo que llorar sobre el pecho de un cura, que mi tío, Juno y todas las matronas de la tierra se habrían cubierto la faz ante tan escandaloso espectáculo; pero mi ingreso en la escuela de la compostura databa de muy poco tiempo para hacerme perder la espontaneidad de mi naturaleza. Por otra parte, tengo por seguro que sólo los tontos, los farsantes y las personas sin corazón pueden tener la pretensión de no sacrificar jamás las leyes de la conveniencia social ante un sentimiento sincero y profundo.
—La vida es un harapo, mi cura, un mísero harapo—exclamé sollozando.
—¿Hemos llegado a eso, querida hijita? De veras, ¿has llegado ya a tal conclusión? No, no; no es posible.
Y el pobre cura, que a la vez lloraba y reía, mirábame con enternecimiento, me pasaba la mano por la frente y me hablaba como a un pajarillo herido, cuyas quebradas alas hubiera querido curar con caricias y frases cariñosas.