—No, tío.
—Sobrinita—díjome atrayéndome a sí, he llegado casi a desear que no se cumplan mis deseos.
Le miré asombrada, porque tenía la firme convicción de que no habría visto nada.
Contesele con mucha sangre fría, que ignoraba lo que quería decirme, que era muy feliz, y que hacía votos para que todos sus proyectos tuvieran éxito. Me abrazó con cariño y se retiró.
Partí, pues, al siguiente día de mañana, sin querer aceptar la compañía de Blanca que deseaba ir conmigo.
En el camino medité en las palabras de mi tío.
—Lo sabe todo—pensé.—¡Dios mío, cuán poco perspicaz soy, a pesar de mis pretensiones! Aun cuando el casamiento de Juno no se verifique, ¿de qué me serviría, si Pablo está enamorado de ella? Ahora, ya no puede querer a otra. No entiendo a mi tío.
Ya no creía como antes, que fuese posible enamorarse de muchas a la vez. Juzgando por mi, pensaba que un hombre no puede amar dos veces en su vida, sin ofrecer al mundo el espectáculo de un fenómeno extraordinario.
Una vez reglamentados así los latidos del corazón de la gente barbuda, mis pensamientos tomaron otro curso, y me regocijé con la idea de ver a mi cura. Y decidí saltarle al cuello, para demostrar el desprecio que profesaba a la etiqueta.
Una vez en la casa parroquial, no entré por la puerta, sino por el claro de una empalizada, que conocía desde tiempo inmemorial y me dirigí a paso de carga hacia la ventana del comedor donde el cura debía estar almorzando.