Bien determinada a ello, entré una mañana en el despacho de mi tío y le pedí permiso para ir al Zarzal.

—Más vale escribir al cura que venga, Reina.

—No podrá, tío; nunca tiene un céntimo.

—Es que no es nada divertido el viaje.

—No es preciso que vos me acompañéis, tío, por eso os ruego que no lo hagáis, me estorbaríais. Quiero ir sola con la vieja ama de llaves, si es que me lo permitís.

—Haz como quieras. Mi carruaje, te llevará hasta C***, donde te será fácil hallar otro que te lleve hasta el Zarzal. ¿Cuándo quieres ir?

—Mañana temprano, tío; deseo sorprender al cura. ¡Ah! me quedaré a dormir en la casa parroquial.

—Bueno. Te mandaré el coche a C***, de aquí dos días. Trata, pues, de hallarte allí de vuelta, pasado mañana a las tres.

Y me miró atentamente por bajo de sus espesas cejas, restregándose la barba con aire preocupado.

—¿Estás enferma, Reina?