Yo en su lugar, habría dicho que sí en un segundo, y me hubiera casado quince días después.
¡Ay! mis sueños se habían desvanecido... y caí en un enorme desaliento.
XVI.
Convínose en que Pablo pasaría algún tiempo sin venir al Pavol, y ¡cosa increíble, inaudita! desde el día en que Blanca dejó de verle, pareció casi decidida a otorgarle su mano.
Hablábamos de él constantemente, hasta combinábamos los trajes de boda, y yo daba pruebas de una resignación estoica, digna de los antiguos hombres.
Pero esta resignación era sólo aparente.
Mi desaliento aumentaba, mis ojos se circuían de ojeras, y concluí por pensar que no siéndome soportable la vida lejos del hombre que amaba, lo más sencillo era irme al otro mundo.
Evidentemente, este proyecto era bastante doloroso, pero me aferré a él con entusiasmo; lo meditaba y lo acariciaba, con una alegría casi enfermiza. Pero con todo, juro por mi honor, que jamás se me pasó por la idea asfixiarme, o tragar veneno, medios de finalizar tan gratos a las gentes de nuestra época. No; leí no sé en qué libro, que una joven había muerto de pena a causa de un amor contrariado, y decreté que seguiría su ejemplo.
Tomada esta resolución, y confirmándome mi desmejorada cara en mis pensamientos lúgubres, pensé que sería correcto y conveniente advertir al cura, y que por otra parte no podía morir sin estrecharle la mano.