—Mi padre me asegura que le amaré después, y que para ser felices en el hogar, no es necesario el amor.
—¿Cómo puedes creer semejante cosa?—exclamé saltando de indignación.—De veras que mi tío profesa doctrinas abominables.
A esto Blanca me respondió con toda calma, que su padre era el buen sentido en persona y que había notado siempre que rara vez se equivocaba en sus apreciaciones y que por consiguiente se hallaba dispuesta a darle oídos.
—Pablo te quiere mucho, Juno—murmuré yo casi sin voz.
—Sí, desde hace tiempo.
—¿Lo sabías?
—Sin duda; una mujer siempre se da cuenta de esas cosas. Y tú, ¿no lo habías notado?
—Sí... algo—le contesté, enviando a mi pasada estupidez un suspiro lleno de melancolía.
Blanca no dejó después de explicarme la tardanza de Pablo en pedir su mano; aquella demora no obedecía más que al temor de una negativa.
Yo pensaba lo mismo y me vestí febrilmente, pensando que influida por su padre, concluiría por dar su consentimiento.