«Y ahí tenéis todo, mi querido cura. Desde entonces he vuelto como antes, a soñar con las estrellas; suelto la rienda a mi imaginación y la dejo galopar hasta cansarse, y cuando estoy sola bailo y salto en mi cuarto, que es un gusto. ¡Ah, mi querido cura, no sé porqué os quiero hoy ocho o diez veces más que de costumbre! Vuestra dulce fisonomía me parece hoy más risueña que nunca, vuestro cariño más tierno y vuestros hermosos cabellos blancos más delicados.

«Esta mañana he contemplado los bosques sin hojas, y me han parecido verdes y lozanos; al cielo plomizo lo he hallado azul, y me he reconciliado de pronto, con la imaginación. Toda mi vida me arrepentiré de haberla tratado tan duramente como lo hice el otro día. Es una hada, mi querido cura, una hada rica de encantos, de poder y de poesía, que al tocar con su varilla mágica las cosas más insignificantes y feas las engalana con su propia belleza.

«¡Qué voluble es el animalito humano! No vuelvo de mi sorpresa. ¿En qué estriban la esperanza y la alegría? ¿A qué desesperarse, cuando se resuelven tan bien las cosas, sin que uno tenga arte ni parte en el arreglo? Pero ¿por qué estoy tan alegre cuando mi porvenir no está decidido todavía, y cuando creo que es imposible amar dos veces? ¡Qué caos, mi cura! En este mundo todo es misterio, y el alma un abismo insondable. Creo que alguien, no sé dónde, ha emitido esta idea; tal vez la haya leído ayer mismo, pero no es plagio; la hubiera podido inventar. No obstante, así que mi imaginación se apacigua, un pánico irresistible se apodera de mis alegres ideas, y corren, vuelan, se escapan y desaparecen a menudo, sin que yo pueda alcanzarlas. Porque al fin, señor cura, él la ama. ¡Qué horrible frase, aplicada como la aplico en este instante!

«Me habéis dicho que no era una cosa rara enamorarse dos veces en la vida, señor cura; ¿estáis bien seguro? ¿Estáis convencido de ello? Dicen que el amor atrae al amor; si conociera mi secreto ¿me querría? Vos que sois un hombre de criterio, señor cura, ¿no halláis que los conocimientos sociales son una idiotez? Probablemente bastaría una declaración mía para hacer la felicidad de toda mi vida, cuando, he aquí, que unas leyes inventadas por alguna cabeza sin discernimiento, me prohíben seguir mis inclinaciones, revelar mis pensamientos íntimos, y declarar mi amor a la persona que amo. La verdad es que también en el fondo de mi corazón siento un cierto no sé qué, que me obligaría a guardar silencio y... ¡ cuándo os digo que el alma es un abismo insondable! Mi querido cura, veo una procesión de ideas lúgubres que avanzan hacia mi ¡Dios mío, que mal equilibrado está el hombre!

«Las circunstancias, sin duda alguna, modifican las ideas. Mi tío va más lejos y pretende que sólo los imbéciles no cambian de opinión; pero ¿sucede con el corazón lo mismo que con la cabeza?

«Dadme luz, mi viejo cura».

Cuando el señor de Pavol decidía algo, tío tardaba en ejecutarlo. Partiendo de este principio, señaló el 15 de Enero para verificar el matrimonio de Blanca.

Fuerte había sido para él la decepción; pero no pensó en contrariar a su hija, y mucho menos conociendo mi amor. Era franco, leal, sensato e incapaz de encapricharse en una idea, sobre todo, comprometiendo la felicidad de una sobrina.

Pablo soportó su desgracia con gran serenidad. No sentía ninguna veleidad feroz; era lo mismo que la criaturita que le amaba tan entrañablemente sin que siquiera lo sospechara.

Certifico que jamás se le pasó por la mente envenenar a su rival, ni atravesarlo de parte a parte en ningún claro de bosque solitario y poético.