—¿Y por qué entre los esquimales?

—Porque las mujeres de por allá son espantosas—balbuceé,—mientras que las rusas son lindísimas.

El buen comandante me levantó la cara, roja de confusión, y me contestó sencillamente:

—Está bien, le aconsejaré, que vaya a Laponia.

—¡Cuánto os quiero!—exclamé con los ojos llenos de lágrimas y estrechándole la mano.—Decidle que no permanezca mucho tiempo en las chozas de esas gentes; no sea cosa que enferme. Dicen que apestan.

Mi tío llegaba. Al verle me separé diciendo:

—Comandante, un hombre de honor no tiene más que una palabra; mantened la vuestra.

Subí a mi cuarto, con la desagradable convicción de que había seguido por completo el ejemplo del gobierno, pisoteando todos los principios de la dignidad.

Pero ¡bah! si uno no se ayudara un poco en la vida, ¿cómo podríamos salir del paso?

Esta reflexión acalló mis remordimientos. Me senté en mi escritorio y escribí: