Eché a correr con todas mis fuerzas y llegué a la puerta del castillo en momentos en que el comandante subía a su carruaje.

Le tomé del brazo y llevándole a parte le dije:

—Comandante ¿Pablo se va a Rusia?

—Sí, su viaje está decidido.

—He pensado... si quisierais que... En fin, sería mejor...

Sin duda alguna, la cosa era mucho más difícil de decir que lo que yo me había imaginado. Mi altivez ponía obstáculos y me aconsejaba callar.

-¿Y qué, hijita? Habla pronto, mira que me hielo aquí.

—Los dados están echados—exclamé en voz alta golpeando el suelo con el pie.

Mi altivez y yo saltamos el Rubicón y dije bajando los ojos:

—Mi querido comandante, aconsejad a Pablo que vaya entre los esquimales, os lo suplico.