—Ya sé, ya sé sobrina, la idea prueba que ama a mi hija; pero, creeme, la olvidará muy pronto, y cuando vuelva, trataremos de que su corazón no se equivoque más.
—¿Entonces, tío, pensáis, que un hombre puede querer dos veces en su vida sin ser un fenómeno?
El señor de Pavol me acarició las mejillas, mirándome con una conmiseración provocada tanto por mi pesar como por mi inexperiencia.
—¡Pobre sobrinita! Los hombres que aman una sola vez son más raros que el Pico de la Aguja Verde.
—Entonces, tío, el hombre es un animal indigno.
Sin embargo, yo estaba más contenta que escandalizada, y no pedía más que poder aprovechar de la indignidad inherente a la naturaleza humana.
—Con todo, Juno es tan linda.
—Mira este puente que te gusta tanto, Reina. Antes que las ramas y plantas que lo cubran hayan retoñado, Pablo la habrá olvidado y antes de que las hojas tengan tiempo de marchitarse otra vez, habrá vuelto al Pavol y...
Sonrió expresivamente, y se marchó sin terminar su frase. Yo le miré alejarse sorprendida, pensando que son muy originales los tíos que predicen el porvenir con tanto aplomo.
—Todo está muy bien,—me dije encaminándome lentamente hacia el castillo,—pero si su corazón cambia, puede enamorarse de otra mujer durante sus viajes. Casualmente dicen que las rusas son muy lindas. Será preciso mandarle a Laponia.