—¡Buen día, señor cura! ¿Cómo estáis? ¡Cuánto me alegro de veros! Reina ¿dónde está?

Reina estaba siempre en el mismo sitio, fija, y sin poder articular una palabra.

—¡Ah, allí está!—exclamó Pablo, acercándose a mi a grandes pasos.

—¡Querida primita, estoy contento! ¡Dios mío! ¡Cuán contento estoy de volver a veros!

Tomó mi mano y la besó.

Aseguro que lo que pasó en seguida fue ajeno a mi voluntad, y no debéis pensar mal de mí.

Luchaba, lo afirmo, con todas mis fuerzas contra la tentación; pero cuando sentí sus labios sobre mi mano, cuando comprendí que no inspiraba esta acción una banal cortesía sino un sentimiento más profundo, cuando le vi inclinarse hacia mi con una expresión inquieta, afectuosa, especial, cien veces más arrebatadora que la que me había hecho pensar tantas y tantas veces... no pude contenerme. Aquello era más poderoso que mi energía, y la fatalidad, en quien creo desde entonces, me arrojó en sus brazos.

Apenas tuve tiempo de sentir el abrazo que respondió a mi impulso.

Avergonzada y confusa caí sobre el banco, ocultando el rostro entre las manos, no sin haber entrevisto la fisonomía del cura, cuyo aspecto, a la vez estupefacto, espantado y encantado, ha vuelto después muchas veces a mi mente.

—Querida Reina—murmuró Pablo a mi oído;—si hubiese conocido antes vuestro secreto, no hubiera permanecido lejos tanto tiempo.