Yo no respondí, porque lloraba.

Tomó por fuerza una de mis manos y la retuvo entre las suyas, mientras que yo, dominada por una timidez que no había sentido jamás, volví a un lado la cara y hacía esfuerzos por librarme.

—Déjame esta mano tan pequeñita y linda; me pertenece. Vuelve la cara hacia acá, Reina.

Miré de frente a aquellos hermosos ojos francos que me sonreían, y exclamé:

—¡Alabado sea Dios! Mi tío tenía razón; no sois el Pico de la Aguja Verde.

—¿El Pico de la Aguja Verde?—preguntó sorprendido.

—Sí, mi tío pretendía... pero ¿qué importa eso? ¿Quién os ha dicho lo que ignorabais al partir?

—Mi padre, el señor de Pavol, y un montón de cosas que he venido recordando desde hace dos meses.

—¿Es cierto, entonces, que el amor atrae al amor?

—Nada es más cierto, mi querida novia.