¡Oh, qué dulce nombre! Sí, éramos novios y guardamos silencio, mientras que el cura lloraba de alegría.
Aturdían con sus cantos los gorriones y se escapaban las babosas de la prisión en que las había puesto el cura.
Por cierto que el gorrión no es un pájaro muy agradable que digamos; su plumaje es incoloro y feo, su canto carece de melodía y algunas personas lo acusan de ladrón y de inmoral, lo que me resisto a creer. No sé tampoco que las babosas hayan pasado alguna vez por animalitos poéticos, y sin embargo, desde el instante de que acabo de hablar tengo locura por gorriones y babosas.
Yo estaba en vilo, creía soñar... No me cansaba de mirarle, de escuchar su voz querida y de sentir mi mano estrechada por las suyas. Sin embargo, el recuerdo de aquélla que él había amado me trabajaba el espíritu, y me turbaba mi júbilo, pero con todo no me atrevía a nombrársela.
—¿Sabe mi tío, que estáis aquí, Pablo?
—Si vengo del Pavol; he querido absolutamente venir sólo a buscarte. ¿No te recuerda nada este jardín humedecido, Reina?
No respondí directamente a su pregunta; sólo le dije:
—Pero vos... tenéis un triste recuerdo del Zarzal...
—¡Cómo! Nunca he pasado rato más delicioso.
—¡Oh¡—repuse mirándole solapadamente,—si mi tía era horrible.