—No, no; no tan horrible; algo vulgar tal vez, pero parecíais más encantadora...

—Y la mesa tan mal puesta. Todo tan...

—Nunca he comido tan bien. Aquella mansión desmantelada te hacía valer como si fueras una flor hermosa que parece más delicada, cuando más fea e inculta es la tierra en que brota.

—Os habéis vuelto poeta en vuestro viaje.

—¡Oh! no, absolutamente, Reinita.

Pasó mi brazo bajo el suyo y me llevó hacia un lado.

—No poeta, pero sí enamorado de ti, prima. Escúchame bien: te amo con toda la sinceridad de mi corazón.

Saboreé la dulzura de esta frase y la de la mirada que la acompañaba, pensando que era una suerte que los hombres fueran inconstantes.

Como semejante cambio me parecía inaudito, no pude evitar el preguntarle:

—¿Pero es cierto: ya no la queréis nada, nada?