—¿Te hablaría del modo que lo hago, si no fuera así?—replicó seriamente.—¿No tienes confianza en mi lealtad?
—¡Oh, sí!—dije cruzando mis manos sobre su brazo, en un ímpetu de cariño.
Era muy cierto; porque después de tal respuesta no me turbó más la imagen de Blanca.
Le amaba sin la menor idea de celos o inquietud, y merecía tan perfecta confianza.
—Mira, ahí vienen mi padre y el señor de Pavol.
—¿Qué tal, sobrina? ¿Qué dices de mis predicciones?
—Sois muy poco discreto tío—le dije,—ruborizándome.
—Fue el comandante quien reveló el secreto; hacía mucho tiempo que lo conocía.
—¡Oh! mucho no; desde hace ocho meses.
—No, desde la primera vez que te vi, querida hijita.