—Es posible.
—Y Pablo no ha ido a Laponia—continuó, riéndose, mi tío.
¡Qué gran dicha es vivir entre buenas gentes! Vivamente sentí esa felicidad al ver de qué modo gozaban todos con mi alegría, y con cuánta delicadeza y bondad me daban bromas sobre el famoso secreto que, sin saberlo, había divulgado a todo viento.
Entonces comenzó esa hermosa época de noviazgo, exquisita, época sin igual en la vida. Nada tan delicioso como esos días de amor ingenuo, de fe, de ilusiones completas y de niñerías. ¡Ah, cuánto compadezco a los que no han amado así! ¡Cuánto compadezco a los que se dejan arrastrar por sus locuras lejos del hogar común y del amor legítimo! En fin, nunca, nunca, por más elocuencia que se despliegue para probármelo, nadie me convencerá de que pueda haber verdadero amor, sin tener la estimación por base.
Pasábamos los días más agradables del mundo en la casa parroquial, bajo la vigilancia del cura. Le mirábamos recorrer su jardín de un lado a otro; reforzar sus plantas con rodrigones, arrancar las hierbas dañinas y detenerse a menudo en medio de sus faenas para lanzarnos una mirada investigadora, con el objeto de hacernos comprender que era un Mentor formal.
A veces me acercaba a aquel excelente hombre y me extasiaba con él admirando una flor, un fruto, un arbusto y solía decirle:
—¿Os acordáis, mi cura, del tiempo en que me queríais persuadir de que el amor no es la cosa más encantadora del mundo?
—¡Oh! mi hijita, creo que ni el mismo Bossuet hubiera podido convencerte.
—¿Y, no tenía razón?
—Así parece—y sonreía bondadosamente.