El día de mi casamiento amaneció radiante; nunca me pareció más azul la bóveda del cielo. Después me han dicho que estaba nublado, pero no lo creo.

Una muchedumbre simpática y amiga se apiñaba en la iglesia. Y murmuraba:

—¡Qué linda novia! ¡Qué tranquila está! ¡Qué cara de felicidad!

La verdad es que yo estaba extraordinariamente tranquila.

¿Y porqué me iba a agitar? ¿No se realizaba mi sueño más querido? ¿No se abría para mi un porvenir que no empañaba la más leve nubecilla.

Así, confusamente reparé en algunas señoras de edad que me sonreían al pasar, y sentí una inmensa lástima por ellas, al ver que eran demasiado viejas para casarse.

El órgano resonaba tan alegremente, que en ese momento modifiqué algo mis ideas acerca de la música. El altar estaba cuajado de flores, deslumbrante de luz, y todos los detalles del arreglo dirigido por el gusto artístico de Blanca, me encantaban los ojos.

Mi marido me colocó en el dedo el anillo nupcial con trémula mano, y mordiéndose su lindo bigote para disimular el temblor de sus labios. Estaba más emocionado que yo y su mirada me decía lo que deseo que me repita eternamente...

Y también la cara de mi cura estaba radiante de felicidad.