Distrájeme de mis reflexiones al notar que Petrilla, escondida en un rincón, se dejaba besar por un gran palurdo que le había pasado un brazo alrededor del talle.

Abrí de golpe la ventana y grité batiendo las manos:

—¡Muy bien, Petrilla! Ya veo a usted señorita.

Petrilla, espantada, tomó sus zuecos en la mano y corrió a guarecerse en el establo. El gran palurdo se quitó el sombrero y me examinó con una estúpida sonrisa que le hendía la boca hasta las orejas.

Reíame con todas mis ganas, cuando un coche, que yo no había oído llegar entró en el patio. Bajó de él un hombre, dijo algunas palabras al sirviente que le acompañaba, y miró en torno de sí en busca de alguien a quien hablar.

Pero Petrilla, cuyo bonete blanco veía yo asomar a través de la abertura enrejada del establo, no se movía, y su enamorado se había precipitado de bruces detrás de un pajar. Y en cuanto a mi, sorprendida por tal aparición, había entornado uno de los postigos de la ventana, y observaba los acontecimientos sin hacer un movimiento.

De dos saltos salvó el desconocido los deteriorados peldaños de la escalinata, y buscó una campanilla que no había existido jamás; en vista de lo cual y no siendo la paciencia su cualidad dominante, comenzó a dar golpes de puño contra la puerta.

Mi tía y Susana surgieron delante de él, y certifico que desde ese instante tuve la más favorable opinión a cerca de su valor, pues no demostró ningún espanto. Saludó levemente, y luego comprendí por sus gestos que habiéndole asustado el cielo amenazante, pedía permiso para guarecerse en el Zarzal.

En esos momentos, en efecto, estalló con gran violencia la tormenta, y no dio más tiempo que para poner a cubierto el caballo y el coche.

Se ha dicho que la soledad nos hace tímidos, mas en ciertos casos produce el efecto contrario. No habiéndome rozado con nadie, no habiendo nunca comparado nada, tenía la mayor confianza en mí misma, e ignoraba por completo ese extraño sentimiento que anula las más brillantes facultades y hace estúpidos a los hombres superiores.