Con todo, ante esta aventura, que parecía evocada por mis pensamientos, latiome el corazón con fuerza, y vacilé tanto en entrar al salón, que estaba aún en la puerta cuando llegó el cura hecho una sopa, pero contento.
—Señor cura—exclamó yo, corriendo hacia él,—hay un hombre en el salón.
—¿Y qué hay con eso, Reina? Un arrendatario, supongo.
—No, no señor cura, es un verdadero hombre.
—¿Cómo, un verdadero hombre?
—Quiero decir que no es ni un cura ni un labriego; es joven y está bien vestido. Entremos pronto.
Entramos y estuve a punto de lanzar un grito de sorpresa al notar que mi tía ostentaba una expresión genuinamente amable, y que sonreía agradablemente al desconocido que, sentado en frente de ella, parecía estar tan a sus anchas como en su propia casa.
Bien es cierto que sólo su aspecto bastaba para serenar el ánimo más hosco. Era alto, bastante grueso, de rostro radiante, franco y expansivo. Sus rubios cabellos estaban cortados al ras, y tenía bigotes de puntas retorcidas, una boca bien dibujada y dientes blancos, que una risa franca y natural enseñaba a menudo. Toda su persona respiraba alegría y amor a la vida.
Levantose al vernos entrar y aguardó un instante que mi tía nos presentase. Pero el tal ceremonial era tan desconocido para ella, como para los habitantes de Greenlandia, y se presentó él mismo bajo el nombre de Pablo de Couprat.
—¡De Couprat!—exclamó el cura;—¿sois tal vez hijo del excelente comandante de Couprat, a quien he conocido en otro tiempo?