—Mi padre es, en efecto, comandante, señor cura. ¿Le habéis conocido?
—Y me ha prestado servicios hace muchos años. ¡Qué noble y excelente hombre!
—Sé que mi padre es querido por todo el mundo—respondió el señor de Couprat, con el rostro más radiante que nunca.—Y el comprobarlo es siempre para mi una nueva dicha.
—Pero—continuó el cura,—¿no sois pariente del señor de Pavol?
—Exactamente: primo en tercer grado.
—Pues he aquí a su sobrina—dijo el cura presentándome.
A pesar de mi inexperiencia noté muy bien que la mirada del señor de Couprat expresaba alguna admiración.
—Me felicito de conocer tan encantadora prima—díjome con aplomo y tendiéndome la mano.
Esta lisonja provocó en mi un pequeño escalofrío agradable y puse mi mano entre la suya sin la menor turbación.
—No primo, exactamente—dijo el cura narigueando su rapé con júbilo;—el señor de Pavol es sólo tío político de Reina; su esposa era una señorita de Lavalle.