—No importa—exclamó el señor de Couprat,—no renuncio a nuestro parentesco. Mucho más, cuanto que si se buscase bien, se encontrarían matrimonios entre mi familia y la de los de Lavalle.

Pusímonos a charlar como tres buenos amigos, y me pareció que siempre nos habíamos visto, conocido y querido. Sentía esa extraña impresión, que hace suponer que lo que sucede inmediatamente bajo nuestros ojos, ha pasado ya en una época remota, tan remota, que no se ha guardado de ello más que un recuerdo vago y casi desvanecido.

Pero por más que en mi mente pasaba revista a todos los héroes de novela que conocía, no hallaba ninguno que fuese tan rochonchito como mi nuevo héroe. Era gordo, no había la menor duda, pero tan bueno, tan alegre, tan gracioso, que pronto este defecto físico se transformó a mi vista en una cualidad trascendental.

Hasta no tardaron en parecerme desprovistos de atractivos mis imaginarios héroes.

A pesar de su figura elegante y siempre esbelta, quedaban borrados, radicalmente borrados por ese buen muchacho vivo y alegre a quien yo adoraba mentalmente como un tesoro de cualidades.

Mientras tanto, aunque la tormenta hubiese calmado, no cesaba la lluvia, y como se acercaba la hora de comer, mi tía invitó a Pablo de Couprat a compartir nuestra mesa.

Inmediatamente declaró que tenía una hambre de caníbal y aceptó con un desenfado que me encantó.

Me esquivé un instante para ir a afrontar el mal humor de Susana.

—Susana—dije entrando con agitación en la cocina,—el señor de Couprat come con nosotros. ¿Tenemos algún pollo gordo, leche, fresas, cerezas?

—¡Ah, Señor! ¡cuánta cosa!—refunfuñó Susana;—hay lo que hay y nada más.