Pero el señor de Couprat tenía uno de esos caracteres felices, que saben tomar todas las cosas por el lado mejor. Y además poseía la facultad de adaptarse al medio en que se hallaba.

Inspeccionó la mesa con aire alegre, tomó la sopa sin cesar de hablar, felicitó a Susana por su cocina y lanzó verdaderos gritos de júbilo a la aparición del pavo.

—Es preciso convenir, señor cura—dijo,—que la vida es una dulce invención y que Heráclito era un estúpido de marca mayor.

—No hablemos mal de los filósofos—respondió el cura,—suelen tener algo bueno.

—Usted es, señor cura, la benevolencia en persona. En cuanto a mi, si fuera gobierno, soltaría a los locos y en su lugar encerraría a los filósofos, teniendo cuidado de no aislar los unos de los otros, para que así pudieran devorarse mejor.

—¿Quién es Heráclito?—preguntó mi tía.

—Un imbécil, señora, que pasaba su tiempo en lloriquear. ¿Puede darse ¡Dios mío! una cosa más ridícula?

Y decir que por eso lo han hecho pasar a la posteridad...

—Tal vez—insinué yo,—viviera con varias tías, y eso le habría agriado el carácter.

El señor de Couprat se detuvo sorprendido y estalló luego en una carcajada.