El cura abrió tamaños ojos, pero mi tía, en brega con el pavo, al que trinchaba con arte, fuerza es confesarlo, no me oyó.
—La historia, primita, no dice nada al respecto.
—En todo caso—continué yo,—libraos de atacar a los antiguos; el señor cura os arrancaría los ojos.
—¡Cuánto me han hecho rabiar esos bandidos! Sólo he guardado de ellos un recuerdo: el de las penitencias que me han ocasionado.
—Permitid—dijo el cura, que hizo un esfuerzo por sacar a la orilla a sus amigos que iban en camino de ahogarse por completo en mi opinión,—permitid; no podéis negar algunas bellas virtudes, algunos actos heroicos que...
—¡Ilusiones, ilusiones!—interrumpió Pablo de Couprat. Eran unos pilletes insoportables, pero hoy que están muertos se les atavía con increíbles virtudes, para humillar a los pobres que vivimos y valemos más que ellos. ¡Dios mío, qué ave más espléndida!
Y hablando sin cesar, comía con apetito y entusiasmo sin iguales.
Los trozos se amontonaban en su plato y desaparecían con una tan notable velocidad, que llegó un momento en el que mi tía, el cura y yo quedamos con el tenedor en el aire, contemplándole con honda admiración.
—Ya os había prevenido—nos dijo riendo,—que tenía una hambre de caníbal, lo que me sucede trescientas sesenta y cinco veces por año.
—¡Cuánto dinero debéis gastar en comer!—exclamó mi tía que tenía la habilidad de ver el lado mercantil de las cosas y de decir lo que no debía decirse.