—Veintitrés mil trescientos setenta y siete francos, señora—respondió con toda seriedad mi nuevo primo.
—¡No es posible! murmuró mi tía, estupefacta.
—Parece que sois completamente feliz—le dijo el cura restregándose las manos.
—¿Si soy feliz, señor cura? Ya lo creo. Pero hablando francamente, veamos, el ser desgraciado ¿acaso es natural?
—Algunas veces—respondió sonriendo el cura.
—¡Oh, bah! los que son desdichados, lo son por su culpa muchas veces, porque entienden la vida al revés. La desgracia no existe; lo que existe es la tontera humana.
—Pues he ahí una desgracia.
—Bastante negativa, señor cura, y no porque mi vecino sea tonto he de deducir que se le deba imitar.
—Os gustan las paradojas ¿verdad?
—No; pero me fastidio cuando veo tanta gente amargarse la vida a causa de una enfermiza imaginación. Me parece que esas personas no comen lo suficiente, que viven de alondras y de huevos pasados por agua, y que descomponen el cerebro al mismo tiempo que el estómago. Amo la vida y pienso que todos debieran hallarla hermosa y ver que no tiene más que un defecto: el de acabarse tan pronto.