El pavo, la ensalada y la cuajada, todo había sido devorado, y mi tía miraba con expresión poco risueña la osamenta del volátil con la que había contado para banquetear durante algunos días.
Íbamos a levantarnos de la mesa, cuando entreabrió la puerta Susana y metiendo la cabeza por la abertura, nos dijo con arrogancia:
—He hecho café; ¿lo traigo?
—Quién te ha mandado...—comenzó mi tía.
—Sí, sí—dije interrumpiéndola con vehemencia,—traelo en seguida.
Yo la hubiera abrazado de buena gana por tan feliz idea; pero mi tía no compartía mi opinión. Desapareció para ir a reñir a Susana y sólo la volvimos a ver en la sala.
—Tenéis una excelente cocinera, prima mía,—dijo Pablo de Couprat, paladeando su café.
—Sí, pero tan rezongona...
—Eso no es más que un detalle...
—¿Y qué os parece mi tía?—le pregunté en tono confidencial.