—Pero... bastante majestuosa—respondió de Couprat, algo en aprieto.
—¡Ah, majestuosa!... ¿queréis decir... desagradable?
—¡Reina!—murmuró el cura.
—Bueno. Hablemos de otra cosa, señor cura; pero la verdad es que yo quisiera tener el buen humor de mi primo y descubrir las buenas cualidades de mi tía.
—Tened un poco de filosofía práctica, primita; eso es una sólida base de felicidad, y la única filosofía que me parece que tenga sentido común.
—¡Qué lástima que no seáis mi tía! ¡Cómo nos querríamos!
—¡En cuánto a eso respondo de ello!—exclamó riendo,—y no tendríamos necesidad de filosofar para alcanzar tal resultado. Pero si os es lo mismo, preferiría no cambiar de sexo y ser vuestro tío.
—No quisiera otra cosa, porque no soy como Francisco I, no; tengo por las mujeres una acentuada antipatía.
—¿De veras?—preguntó riendo,—¿conocéis los gustos de Francisco I?
Hizo el cura un gesto desesperado y de Couprat lo contestó con una expresiva guiñada, como diciéndole: