—No os asustéis; ya comprendo.

Esta pantomima me atacó los nervios e hice un violento esfuerzo para interpretar su oculta significación.

—A propósito de tío—dije luego—¿conocéis mucho al señor de Pavol?

—Sí, bastante; mi propiedad dista sólo una legua de la suya.

—¿Y qué tal es su hija?

—Jugué a menudo con ella, mientras fuimos niños; pero desde hace cuatro años la he perdido de vista. Dicen que es muy linda.

—¡Cuánto me gustaría estar en Pavol!—exclamé.—Nos veríamos con frecuencia.

—¿Quién sabe, primita? Tal vez no os agradara, cuando me conocierais más. Sin embargo, puedo asegurar que soy un buen muchacho, y excepción de una gran pasión por los pavos y un gusto loco por las mujeres lindas, no sé que tenga el más mínimo vicio.

—Amar a las mujeres lindas; eso no es un defecto. Lo que es yo, detesto las personas feas, a mi tía, por ejemplo. Pero asimilar un pavo a una mujer bonita, no es cosa muy halagüeña para esta última, primo mío.

—Es cierto, convengo en que mi frase ha sido desgraciada.