—Os lo perdono—le dije con vivacidad.—Según eso, ¿me halláis linda?

Hacía por lo menos dos horas que yo me decía en mi foro interno, que era preciso no dejar escapar la ocasión de aclarar, por medio de una opinión neta y competente, un asunto de tanto interés para mí. Desde el principio de la comida aguardaba con impaciencia el momento de lanzar mi pregunta. No porque tuviese dudas acerca de la respuesta, no; pero eso de oírse decir, bien directamente y en la cara, y por un hombre que no sea cura, que una es linda, ¡vamos! eso es verdaderamente delicioso.

—¿Linda, prima mía? ¡Si sois encantadora! Nunca he visto ni más bellos ojos ni boca más bonita.

—¡Qué dicha, y que amables son los hombres! a pesar de lo que dice mi tía.

—Qué ¿vuestra señora tía no ama a los hombres? La verdad es que ya pasó para ella la edad de la coquetería.

—La coquetería... Jamás se me habla de eso. ¿Os parece que se debe ser coqueta?

—Sin duda, primita; a mis ojos eso es una cualidad, pero coqueta en el buen sentido de la palabra.

—Vos no me habéis enseñado eso, señor cura—exclamé.

El desdichado cura pasaba durante esta conversación por un adelanto de las penas del purgatorio. Se enjugaba el rostro y con dificultad tragaba su café, que le sabía a amargura.

—El señor de Couprat se burla de ti.