—¿Es cierto eso, primo?

—De ninguna manera—respondió Pablo, que parecía que se divertía grandemente.—Según mi modo de ver, una mujer que no es algo coqueta no es una mujer.

—Pues entonces trataré de serlo.

—Señorita de Lavalle—dijo el cura levantándose,—pasemos al salón.

—¡Bah!—pensé,—ya está enojado el cura. Sin embargo, no he dicho nada malo.

La lluvia había cesado, las nubes se habían dispersado e invité a Pablo a dar un paseo por el jardín. Y hétenos escapados sin pedir permiso, seguidos por el cura que nos lanzaba miradas casi lúgubres pensando que su querida ovejita estaba en vías de descarrilarse.

Corríamos como niños por entre las hierbas húmedas, empapándonos los pies y las piernas y riendo a carcajadas. Conversábamos y charlábamos; sobre todo yo que le contaba los acontecimientos de mi vida, mis pequeñas tristezas, mis ensueños y mis antipatías.

¡Oh, que tarde tan dulce, encantadora y deliciosa!

De Couprat trepó a un cerezo, y el árbol violentamente sacudido dejó caer sobre mi toda su carga de lluvia. Con la boca llena de cerezas, y de lo alto de las ramas, exclamó que las gotas de agua brillaban en mis hermosos cabellos como un aderezo ideal, y que en su vida había visto nada más lindo.

—Y Susana, que pretende que es un hombre como otro cualquiera—me decía yo,—¿cómo es posible ser tan tonta?