Volvimos a la sala, donde se hizo una gran fogata para secarnos. Sentados el uno al lado del otro, Pablo y yo continuamos misteriosamente nuestra conversación.
Mi tía asombrada de mi audacia y de la libertad y alegría que irradiaba en mis ojos, no decía nada. El cura, aunque arrobado viéndome contenta, no estaba, sin embargo, tan preocupado como para que se le olvidase terciar entre nosotros.
¡Qué velada tan agradable!
Por último, de Couprat levantose para despedirse y le acompañamos hasta el patio.
Saludó afectuosamente al cura y dio las gracias a mi tía; luego acercose a mi, me tomó la mano y me dijo en voz baja:
—Hubiera deseado que esta velada no terminara nunca, prima mía.
—¿Y yo?... Pero volveréis ¿no es cierto?
—Seguramente, y dentro de poco, según espero.
Aproximó mi mano a sus labios, y preciso es que la naturaleza humana tenga un gran fondo de perversidad, porque este homenaje me causó un placer tan nuevo, tan intenso y tan perfecto, que tuve la idea impropia de... ¡Dios mío, lo diré! Sí, tuve la idea (que no ejecuté) de arrojarme a su cuello y de besarle las mejillas a pesar de mi tía, y a pesar del cura que nos vigilaba como un dragón de nueva especie, como un excelente dragón regordete y bondadoso.