VII.

Después de la partida del señor de Couprat viví varios días en una especie de beatitud que me sería difícil describir. Experimentaba múltiples sensaciones, que se externaban con brincos y piruetas, pues fue este último ejercicio, durante largo tiempo, mi manera de expresar una cantidad de sensaciones.

Después que había saltado bastante, me acostaba sobre la hierba, y mirando al cielo discurría sobre una cantidad de cosas sin pensar absolutamente en nada. Este exquisito estado moral, durante el cual el alma vive en una especie de somnolencia, en una tranquilidad soñadora semejante al sueño, a pesar de que está bien despierta, me ha dejado un dulcísimo recuerdo. Tan es así, que de esa época data mi pasión por la bóveda celeste, que siempre, desde entonces me ha parecido digna de hermanarse a mis pensamientos, sean éstos tristes o alegres, serios o frívolos.

Después de permitir a mi imaginación que se extraviara por senderos sombríos, tanto, que galopaba a tropezones, dejábala volver a la luz y contemplar al señor de Couprat. Reía al recuerdo de su franca fisonomía, de su vida abierta y de sus dientes blancos. Halagábame el beso que había estampado en mi mano y sentía una alegría real, pensando en que si hubiera seguido mi impulso le habría besado las mejillas.

Permanecí largo tiempo en medio de estas dulces ideas y sensaciones hasta que llegó un día en que me pregunté ¿por qué razón pasaba mi alma por tan diversas fases?

Pero en llegando a este delicadísimo problema, comenzaba mi imaginación a entrar en tinieblas, y luchaba en ellas con vaporosas ideas; tan vaporosas que al fin abandonaba con desaliento la partida, para pensar directamente en una boca que me había gustado, en unos ojos que me habían sonreído y en una expresión de fisonomía que había decidido no olvidar jamás.

Mas en aquel mundo de fantasmas, mis ideas, no me daban ni un momento de reposo, y a poco recaía en poder de ellas.

Y así discurriendo por las regiones de lo vago, y tratando de comparar ciertas impresiones mías con otras de las de mis heroínas preferidas, vi hacerse la luz sobre un importante punto.

Descubrí que estaba enamorada y que el amor es la cosa más encantadora del mundo. Este descubrimiento me colmó de la mayor alegría.

Ante todo, porque veía embellecerse mi vida con un encanto, que no dejaba por eso de ser real, y luego, porque si yo amaba, era seguramente correspondida. En efecto, amaba al señor de Couprat porque me había parecido hechicero; por consiguiente, mi aspecto debió producir en su corazón el mismo sentimiento, puesto que él me hallaba encantadora. Mi lógica, hija de una completa inexperiencia, no alcanzaba a más y por consiguiente bastaba para justificar mis razonamientos y hacerme feliz.