Un descubrimiento trae otro, así es que llegué a pensar que podría muy bien la caridad no desempeñar más que un papel muy secundario en la simpatía de Francisco I por las mujeres en general y en particular por Ana de Pisseleu; que el amor no se parecía al cariño, puesto que yo quería mucho a mi cura, y sin embargo, no deseaba abrazarle, mientras que no me hubiera hecho de rogar para saltar al cuello de Pablo de Couprat, y por último, que era ridículo emplear subterfugios y tonos misteriosos para hablar de una cosa tan natural y en la que no había ni sombra de mal.

—Un cura—pensaba yo,—debe tener sobre el amor ideas erróneas y extraordinarias, porque puesto que no puede casarse, no puede amar. Sin embargo, Francisco I era casado y... no comprendo nada de todo esto, y tengo que saberlo.

Existía tal caos en mis ideas que a pesar de mis desdeñosas prevenciones a cerca de la opinión de mi cura, resolví dilucidar con él este escabroso asunto.

El pobre cura comprendía perfectamente, que mi espíritu se hallaba en una inmensa confusión, pero tenía bastante talento y buen sentido para no aparecer dando importancia a impresiones que con sólo la provocación de una confidencia hubieran podido tomar cuerpo. Procuraba distraerme por todos los medios a su alcance y dándose el trabajo de venir todos los días al Zarzal, prolongaba indefinidamente la lección.

Estábamos sentados junto a la ventana. Mi tía, enferma desde algún tiempo, permanecía en su cuarto; yo andaba por las nubes y el cura se afanaba en explicarme mis problemas.

—Ve lo que has hecho, Reina: has multiplicado kilogramos por gramos, y aquí, dados 2/5 multiplicados por...

—Señor cura, ¿a que no adivináis cuál es la cosa más arrobadora que hay sobre la tierra?

—No, Reina, ¿qué cosa?

—El amor, señor cura.

—¿De qué estáis hablando hija mía?—exclamó inquieto el buen anciano.